sábado, octubre 10, 2009

Viernes por la noche



El celular vibra exaltando nuestro sueño, mi cuerpo aún dormido gira y se lanza a ciegas a contestar la llamada, pero tú detienes con un movimiento vertiginoso al brazo que intenta interrumpir la noche.

Forcejeo un momento. Inmovilizas la mitad de mi cuerpo. El celular se tambalea cerca de mi cabeza.

Te gusta que luche contra ti, has advertido que ya no me puedes controlar, me sabes fuerte y escurridiza; quizá por eso me has hecho caminar toda la noche, para adormecerme el cuerpo y agitarme la cabeza; para que pierda la cordura y lejos del alcance de mis palabras puedas sentir por algunos instantes que lograras retenerme. El calor de tu piel en el frío de mi vientre me hace abrir grandes los ojos; no puedo verte, me siento ciega e impotente, giro de un lado a otro tratando de huir y tu, con increíble gracia, me regresas al montón de ropa que improvisamos como cama, a tus labios húmedos que saben contenerme.

Cerca de mi cabeza el concreto huele a viejo y olvidado. Los espacios de ventanas maltratadas figuran como huecos de un enorme rompecabezas. Llueve el techo por sus goteras. Seis niveles nos separan del piso. Seis mil kilómetros nos separan de los fuegos de la tierra.

Ya había olvidado esto de jugar al clandestino, de usurpar los espacios, correr por los callejones húmedos de lluvia, esquivar la mierda, caminar entre el anonimato, las batallas, el caos y la miseria de la gente. Olvidado amarte en los huecos de la calle, en los tejados detrás de los tinacos, sobre el pasto, junto a los zaguanes, en los edificios olvidados; a la vista de los fisgones con insomnio, fuera del alcance de lo cuerdos moralistas.

Los fuegos de la tierra confunden tu cuerpo con el vapor que emana. Llueve el techo por sus goteras. No escucho nada. Tu cuerpo se confunde en el mío, excita el mio. Goteras. No escuchas nada. El concreto nos escucha. Las trabes y las escaleras de hierro tiemblan con nosotros. Pruebas mi piel de sal. Tú amas mi piel de sal.

Miro por esas ventanas maltratadas y pienso que no quiero volver, no quiero borrar este espacio, no quiero recorrer los obstáculos que nos trajeron a este lugar, cruzar de nuevo la cerca y ser arrastrada por las calles con su hedor a cotidiano. Quiero seguir olvidando lo que eres, permanecer presa y mirarte con ojos de absoluta ingenua despojado de la vida que te corrompe. Pero tengo que marcharme, porque ya no puedes retenerme, porque no estoy ciega, porque el celular seguirá ahí vibrando y tambaleando el piso, incansable, recordando que hay una realidad intermitente que es imposible de ignorar.

Yo amo tu piel de sal.

3 comentarios:

XND dijo...

Ésas anclas que nos mantienen atados a la otra realidad. La realidad obligada.

No la realidad utópica. No la realidad libre.

Suspiro...

Besos.

Raúl dijo...

Efectivamente, hay situaciones que nos abstraen de la cotidiana realidad; pasra bien, o para mala, voluntaria o forzosamete.

GAB dijo...

Estupendo.
Sin esos huecos que tiene la noche para perderse y olvidar los fuegos de la ciudad que nos atan a la realidad, la vida luce mas inerme.